viernes, 28 de diciembre de 2007

Alma Mística (tercera entrega)

El alba del diez de Abril había despedido al fin aquella triste noche, testigo de la ejecución de un crimen horrible y de la combinación de otros mayores.
La blanca luz de esa beldad pudorosa de los cielos que asoma tierna y sonrosada en ellos para anunciar la venida del poderoso rey de la naturaleza, no podía secar, con el ternísimo rayo que emanaba de sus ojos, la sangre de inocentes que manchaba la orilla esmaltada de ese océano, de cuyas olas se levantaba, cubierta con su velo de rosas su bellísima frente de jazmines, pero argentaba con él las palmeras de esa aldea a quien los poetas románticos hubieran podido llamar la emperatriz del mar pacífico.
Dormida sobre su inmensa playa, Virudó, la ciudad de propensiones nostálgica por naturaleza, parecía que quisiese resistir las horas del movimiento y la vigilia que le anunciaba el día y conservar su noche y su molicie por largo tiempo todavía. En sus calles arenosas, se escondía aún, bajo las dispersas casas, algunas de esas medias tintas del claroscuro de los crepúsculos, que ponen en vacilación los ojos y en un cierto no sé qué de disgusto al espíritu.
Una de esas brisas del mar, siempre tan frescas y puras, en las zonas meridionales de la América, purificaba la ciudad de los vapores húmedos y espesos de la noche, que el sol no había logrado levantar del lodo de las calles; y aquella brisa, embalsamada con las violetas y los jacintos que alfombraban en esa estación las arenosas praderas, derramaba sobre aquel pueblo un ambiente perfumado y sutil que se respiraba con delicia.
¡Todo era preocupación y misterio!
Al oriente sobre el tranquilo horizonte del pequeño río, el manto celestino de los cielos se tachonaba de nácares, a medida que la aurora se remontaba sobre su carro de ópalo y las últimas sombras de la noche amontonaban en el occidente los postrimeros restos de su deshecho imperio.
¡Oh! ¿Por qué ese velo lúgubre y misterioso de las tinieblas no se sostenía suspendido del cielo en la atmósfera de esa ciudad, de donde, al parecer, la mirada de Dios se había apartado?
Si la maldición terrible había descendido sobre su cabeza en el rayo tremendo del enojo de la divinidad ¿Por qué, entonces, la Tierra no rodaba para ella sin sol y sin estrellas, para que la tortura y el crimen no profanasen esa luz de Abril?... Pero la naturaleza parecía hacer alarde de su poder, rebelde a las insinuaciones humanas, cuanto más la humanidad busca en ella alguna afinidad con sus desgracias.

Editza, sentada en un taburete, su rostro más preocupado y triste que de costumbre, fijaba sus ojos en la claridad melancólica de la luna. A su izquierda está su esposo, pálido como una estatua, con el cabello renegrido y rizado que cae sobre sus sienes descarnadas y redondas, con que la naturaleza descubre la finura de espíritu de aquel joven, como en su ancha frente la fuerza de su inteligencia.
-Y, ¿Qué piensas esposa mía?- preguntó Céar con una voz amorosa y débil, después de unos momentos de silencio que parecieron siglos.
-Bastante preocupada por la desgracia que ha empezado a reinar en este hogar-dijo Editza, levantando la cabeza y fijando sus ojos tristes en los de su esposo.
-Mi amor-dijo Céar, tomando nuevamente la palabra, soy yo el causante de este infortunio y no quiero comprometer tu suerte; es decir, quisiera abandonar la casa pero solo, porque es a mí al único a quien persiguen.
-Creo que usted me conoce muy bien, y sabe que por amor he cumplido para con usted una obligación sagrada que el corazón me impone y con la cual mi carácter se armoniza sin esfuerzo. Busca emigrar solo dejándome a merced de los asesinos, ni pensarlo. Y ¿qué habría de noble y grande en el alma de una mujer sino arrostrarse también algún peligro por la salvación del hombre que ha amado toda su vida?
-¡Editza!-exclamó Céar-, tomando entusiasmado una de las manos de la joven.
-¿Cree usted Céar mío, que bajo el cielo que nos cubre no hay también mujeres que identifiquen su vida y su destino con la vida y el destino de los hombres? Y si es menester huir de la patria, yo lo acompañaré a usted en el destierro; si peligra en ella, yo interpondré mi pecho entre el suyo y el puñal de los asesinos y, si es necesario, subir injustamente al cadalso por la libertad de la patria que lo vio nacer, yo lo acompañaré también.
Y, Céar, pálido y sollozando, trémulo de amor y de entusiasmo, llevó a sus labios la preciosa mano de aquella mujer en cuyo corazón había depositado toda su felicidad.
Las manos de los esposos no se separaron, pero el silencio, ese elocuente emisario del amor, al que se debe tanto en cierto momento, vino a hacer que el corazón saborease en secreto las últimas palabras de los labios.
-¡Perdón mi amor!-dijo él, sacudiendo su cabeza y despejando las sienes de los cabellos que la cubrían. Perdón, he sido un insensato, pero, no, yo tengo orgullo de mi amor, y lo declararía a la faz del mundo: amo y no espero, he aquí mi defensa, si la he ofendido a usted. Dulces, húmedos, aterciopelados, los ojos de Editza, bañaron con un torrente de luz los ojos ambiciosos de su esposo. Esa mirada lo dijo todo.
-¡Gracias esposa mía!-exclamó el joven, arrodillándose delante de la diosa de su paraíso.
Editza puso la mano sobre el hombro de su amado, sus ojos estaban desmayados de amor. Sus labios rojos como el carmín, dejaron escurrir una fugitiva sonrisa. Y tranquila, sin volver los ojos de la contemplación estática en que estaba, su brazo derecho extendióse y el índice de su mano señaló el reloj de péndulo que se encontraba en la pared.
Céar volvió la mirada al punto señalado y,…
-¡Ah! Exclamó, ya es hora de partir y afrontar el futuro incierto que nos espera. Y, ellos no pudiendo soportar más un presentimiento de desventura y una tristeza profunda que los invadía, decidieron abandonar el humilde hogar, angustiados, sombríos, ante la inexorabilidad de aquel destino.
La luna brillaba reluciente en las alturas, las nubes, como cisnes eucarísticos, con sus alas abiertas la seguían en su ascensión, con actitud estática como esos serafines que sostienen la hostia santa en los viejos monasterios.
Fue en esa madrugada, bajo la transparencia casta de ese cielo poblado de visiones luminosas, que Céar y su esposa, por caminos diferentes, abandonaron el hogar, con la ciencia fatal del miedo y la desesperación.



Continuará...
Viene lo mejor

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César Rodríguez Valencia

César Rodríguez Valencia

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